Luna Roja

Ocurrió cerca de la medianoche cuando la luna se alzó en el cielo. No había nubes cercanas, y aún así teníamos una sensación de presión sobre nuestras cabezas, como si algo pudiese protegernos con su cuerpo incorpóreo. La oscuridad del cielo rápidamente se transformó en vívidos colores y rayos, haces y faros de luz.

Sin embargo, la luz era roja y brillante como la sangre sobre la nieve.

El cielo pasó de negro a rojo, incluyendo todo tipo de amarillos y naranjas entre medias. Era cálido a la vista, pero frío al corazón, ya que la Luna Roja nunca había sido un buen símbolo para los seres vivos que se arrastraban sobre el suelo. La Luna Roja pedía más sangre, como era, a través de la lujuria de la violencia y el disfrute del dolor. Todos los sabíamos, así que estábamos preparados para ello.

Cuando la Luna llegó a su punto más alto, cerramos la puerta de la cueva y nos preparamos para una larga noche llena de gritos de ayuda amortiguados y salvajes aullidos llamando a más entes para alimentarse de la presa. No era agradable en absoluto, y, al final de la noche, cuando el sol se alzaba una vez más, siempre había una persona que había perdido su cordura y se había vuelto irreconocible por siempre. Teníamos nuestros trucos para evitarlo en todo lo posible, pero el riesgo para sobrevivir estaba ahí.

Sin embargo, aquella noche fue diferente, y nada ha vuelto a ser igual desde entonces.

Lucy estaba callada, más de lo normal, pero su cuerpo había estado sacudiéndose desde la segunda hora. A la cuarta, comenzó a comerse las uñas y a mirar a su alrededor cuando los gritos llenaron el aire de fuera de la cueva.

  • Tengo que… Debo… – la chica comenzó a murmurar, en voz muy baja pero incrementando el volumen cada vez que repetía aquellas palabras.
  • Lucy, ¿qué ocurre? – su hermano le preguntó, con sudor frío cubriéndole la cara.
  • No puedo… Mark, lo siento, pero no puedo. – ella respondió, y su hermano la abrazó, elevándola del suelo.
  • ¡No! ¡Lucy, no! ¡Escúchame! ¡Todo está bien! ¡Deja de escucharlos! ¡Céntrate en el juego, céntrate en las historias que todos están compartiendo! Tu vida es más preciada que eso! ¡Quédate con nosotros! – el joven gritaba, haciendo que los niños, e incluso los adultos, sintiensen todavía más miedo que antes. Estaba apenas evitando lo inevitable, pero sus sentidos le pedían que la parase.
  • ¡¡No!! ¡¡Déjame ir!! ¡¡No puedo estar aquí!! ¡¡Déjame ir, no quiero herirte!! – Lucy gritaba, como un tono agudo en su voz que no había estado allí antes.

Algunos adultos se pusieron en pie y se acercaron a Mark. Ellos también sabían lo que iba a pasar, pero, más importante, también sabían lo que ocurriría si no la liberaban rápidamente. Su hermano era incapaz de ver más allá de lo que tenía delante, su hermana, pero aquella persona se estaba convirtiendo en algo nuevo, más salvaje y peligroso que nadie que hubiesen visto antes. Cogieron a Mark por los brazos, tiraron de él hacia atrás, mientras que otros adultos se movían hacia la entrada de la caverna, donde enormes piedras estaban bloqueando el paso. Tenían que hacerlo de una manera rápida y eficiente, para dejar a Lucy irse sin que nada del exterior entrase.

De pronto, un grito agónico de dolor llenó la cueva y Mark cayó sobre sus propias rodillas. Sus manos cubrían su cara, llena de sangre roja, al igual que la boca y las uñas de Lucy. Los adultos tomaron sus filos, espadas y cualquier clase de arma afilada que habían preparado para aquella noche, y apuntaron a Lucy con ellas, amenazándola.

  • Márchate, Lucy. Sabemos que todavía estás aquí, pero no durará mucho más. Van a abrir la cueva y te irás. Ha sido un placer conocerte. – Uno de los adultos habló con Lucy, mientras que ella respiraba pesadamente y les observaba con una mirada ida. Pero consiguió asentir un “sí” antes de moverse hacia la entrada de la cueva.
  • Lucy… Por favor… – le suplicó su hermano, pero ella apenas pudo mirarle.
  • Hasta siempre, Lucy. – dijeron todos los adultos al unísono.
  • Has-… Hasta siempre. – luchó la chica por decir aquellas palabras, con una voz que era más de un monstruo que de un humano.

Su cuerpo se escabulló entre las rocas y, un segundo después, todo estaba cerrado y todos los adultos ayudaban a Mark, que lloraba en silencio.

Aún así, aquella noche, uno de los niños miró a la luna, aquella Luna Roja, durante el segundo en el que la puerta de la cueva se abrió. Y la encontró la cosa más bonito que jamás había visto. La imagen sangrienta del satélite se quemó en su mente y, en aquel momento, supo que, algún día, de alguna manera, se uniría a Lucy, y a toda aquella gente loca que se volvió salvaje por ella. Pero aquella gente, de pronto, no le parecía tan loca. Porque comprendió, a la tierna edad de 6, que su vida estaría por siempre devota a ella, fuese cual fuese el coste, la Diosa de la Sangre.

Ese niño era yo, y esta noche la Luna Roja se alza de nuevo en el oscuro cielo.

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