Page per Week nº4

La globalización del terror.

Idea dada por: Jerome

Martín se levanta cada mañana a las 6 y media para ir a trabajar. Se levanta, se ducha, se echa el desodorante y la colonia de rigor… Y comienza con el ritual de maquillaje: una base de maquillaje blanco, unos ojos pintados de negro intenso, unos colmillos postizos de plástico, una peluca negra con tupé… Y luego pasa al vestuario: Una capa negra y larga, un esmoquin de época, unos lustrosos zapatos de cuero negro y las uñas postizas y alargadas. A Martín no le agrada precisamente tener que vestir cada día de Drácula como si aquello fuese Halloween, o como si trabajase en una Casa del Terror, sino en una oficina normal y corriente, haciendo ventas durante más de 8 horas al día, entre cuatro paredes de Pladur.

Martín sale de casa y se encuentra con Pablo, su vecino, paseando a su perro. Ambos van disfrazados también, yendo el humano de monstruo de Frankenstein y el perro, acertadamente, del doctor Frankenstein en persona… O en canino. Nuestro protagonista coge su coche y se dirige a la oficina. Por el camino observa como van quitando la decoración navideñas de las calles y vuelven a colocar los fantasmas y las brujas simples en los semáforos, como si les sobrevolasen, en vez de las luces de las fiesta. Durante las Navidades los disfraces se pueden cambiar por vestimentas más acorde a las fechas, pero siempre manteniendo ese tono de película de miedo: un Santa Claus zombie, unos renos asesinos, los Reyes Magos de Espacio Sideral Mutante… Lo normal.

Martín llega por fin a la oficina y espera un minuto afuera hasta que dan las 7:30 en punto. Entonces, como cada mañana, entra a la oficina. Arturo, el de contabilidad, hace su cronometrado susto de las 7:30, que consiste en saltar de debajo de la escalera y hacer que vomita, con su perenne disfraz de la Niña del Exorcista. Porque esa es otra: cada empleado debe hacer un susto diario por contrato y así mantener el nivel de terror. Aunque ya es demasiado cotidiano, todos se hacen los sorprendidos y asustados, aunque algunos fingen muy mal, como Martín. Aún así, nadie se lo reprocha. Martín se dirige a su asiento como cada mañana y se sienta.

Martín despierta sobresaltado y mira el despertador. Son las 6:30 de la mañana y todo ha sido un sueño. Se frota la cara, somnoliento y atontado por un sueño tan extraño. Se ducha, se viste, desayuna algo corriendo y se va a trabajar. Ya en la oficina, Martín oye a sus compañeros hablar sobre una masacre horrible ocurrida en Francia. Todo por unas viñetas. La globalización del terror era cruel en su sueño, un terror perpetuo, repetitivo y que había perdido la esencia. Pero sin duda, era un terror mucho más agradable que el de la vida real. Martín, en ese preciso momento, desea volver a la cama, a su terror repetitivo y no oír más noticias como aquella en Francia jamás en su vida.

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